jueves, 8 de diciembre de 2011

¡Se fue en una bocarada de humo!



      Ella llegaba con su dialecto, diferente al de nosotros y me llamaba _Yasmina, Yasmina. A mi me molestaba, ya que modificaba mi nombre. Yo me sentía otra, diferente y no me gustaba.
     Pronto me pasaba, la contrariedad con ella, porque compartíamos la hilaridad al hablar, nos fascinaban los perros y nos encantaba correr por las calles como niñas, buscando telas, aplicaciones, lentejuelas y gran cantidad de cosas
     Cuando venía a Caracas, siempre traía  recuerditos, comprados o realizados por ella misma: ya que era una excelente manualista, tejía bellísimo y hacía infinidad de cosas.
    Cada vez que llegaba, me entusiasmaba a que realizara un sin número de cursos, uno mejor que otro. Pero cuando le dije que quería estudiar cocina, me dijo - ¡jamás!, que el hombre que encontrara, me iba atar a una cocina. Yo sonreía y le decía –que a mí me gustaba comer sabroso y quería cocinar para mí…… Después se vería.
     Y así lo hice, oyendo a mi abuela, entre lapso y lapso, en sus soliloquios o casi locos, aprendí a cocinar. Mi abuela decía – mija al dulce siempre hay que colocarle una pizca de sal e igualmente señalaba – En la cocina, todo queda bien si se hace con amor. Yo le repicaba – Abue todo en la vida es así. Es el máximo ingrediente.
     Por eso no le hice caso a Gladys, quien venía de vez en cuando y parecía una chimenea. Ella me decía –¿Yasmina no hay café? y yo bajaba la mirada y pensaba   ¡otra vez! después del café le seguían cantidades de cigarros. Cuando le decíamos que nos molestaba el humo _porque ninguno fumamos- ella se alejaba, pero siempre el aire traía su olor.
     Mi mamá le decía – Gladys, ¿tú no eres enfermera? Ella respondía –Claro que sí pero me gusta disfrutar el café con unos buenos cigarros. Mamá le replicaba – Bueno tendrás que comprarme más café, porque contigo, se bebe el triple del café.
    Yo la acompañaba al supermercado, y ella como regañada me decía – Yasmina, voy a comprar este café descafeinado y así será solo mío. Por supuesto, se llevaba varias cajetillas de cigarros. Nosotros le señalábamos una y mil veces que le haría mal, el fumar tanto, pero no nos escuchó. Las visitas se sucedieron, la veíamos más flaca y deteriorada
     Posteriormente, le salió la pensión  por el tiempo que llevó trabajando y se supo que tenía cáncer pulmonar – ya se lo habíamos dicho- Pensé que se salvaría y que todo iría bien. Pero no fue así.
  Ya enferma la llamé y le comenté que había encontrado a mi compañero y que él cocinaba muy bien- que quizás sería por el amor a mí. Además vivía  cerca de papá. Su voz denotaba cierta alegría y me dijo- ¡quien iría para allá!.
     Pero un día, llegó mi tío y me dijo –Gladys está muy mal, quizás no llega a diciembre. Yo la lloré, antes de esa fecha. Julio me ofreció su hombro para llorar, como en otras oportunidades. Era su niña, quien lloraba, ya por su tía, por su abuela, por el perrito de la película. Pero que podía hacer, conocí a Gladys desde los 11 años, era toda una vida.  
     Cuando me avisaron que había muerto, sólo dos lágrimas brotaron de mis ojos, a diferencia de hoy que detengo como una cascada  en mi pañuelo.
                Y pienso, Gladys se fue en una bocarada de humo.

                                                                
 


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