Ella ya tenía dos hijas, que retozaban en un gran patio lleno de rosas y flores multicolores y aromáticas. Las niñas le decían que le pedirían a la cigüeña para que le trajera un hermanito.
Un día supieron que el niño vendría, la mamá le iba creciendo la barriga poco a poco. Era la mujer de los tamarindos, había engordado como nunca y estaba feliz.
No era el tiempo de los ecosonogramas , ni de ácido fólico para fortalecer algo al bebé.
Transcurrieron los meses y ella se volvió más nerviosa ante la inseguridad del barrio en que vivía, incluso volviéndose más super-sensible ante las afirmaciones de que vendría en pocos momentos: el fin de los tiempos.
Llegó la época de venir el niño, y llegó morenito, suave y oloroso. Alegría para la familia, era lo faltaba para ser más feliz.
Su mamá le rendía múltiples caricias, como toda su familia y en especial sus hermanas. Los primeros años era gordito y cachetón. Pero pasó el primer año y no caminaba ni hablaba. ¡Mal indicio! Había una espinita en los corazones de las personas que lo querían.
Llegaron los tres años y no hablaba, ya tenía la etiqueta de ser diferente. A los cuatro años, le diagnosticaron Retraso Mental, realmente le dolió a todos ese diagnóstico; el cual marcó sus vidas, que todavía emiten un quejido de nostalgia.
Aprendió a caminar, después de un tiempo. El hablar si le costó bastante. Los muchachos se burlaban de él. Cursó dos veces el preescolar, y nada. El sólo quería jugar con sus tacos. Todos sus familiares sabían que sería un peregrinar de tristezas.
Su mamá aceptó su condición, al igual que sus miles de lágrimas. Torciéndose el corazón lo inscribió en un colegio “especial”. A los años, sufrió una fuerte fiebre. Su mamá lo llevó a un materno cerca de su casa. Su peso y su tamaño no eran acordes a su edad, pasaba por un niño desnutrido. Las enfermeras le señalaron que esperara al doctor y la madre así lo hizo. Llegó el doctor lo miró con sus diez años y con sus dos días de fiebre alta. Su mamá lo dejó solo para que lo revisara el médico, pero el niño se iba a caer y ella como era un pedazo de su corazón trato de sostenerlo. El médico (si así podríamos llamarlo) le dijo – “como remedio es mejor que le buscara una burra”, “que así se volvería hombre”. Con los diez años que tenía, y con los doce kilos la mamá lo llevó afuera como asimilando el golpe de la herida.
Dieron pasos y el niño cayó, la madre pegaba gritos, las enfermeras se acercaron y la madre se despertó de su herida y les preguntó a las vestidas de blanco -¿cómo se llama el doctor? ¿dónde está? ¡voy a llamar al Director!.
Esas mujeres no dieron respuestas exactas y a las pocas que dieron fueron esquivas y se escabulleron. ¡imagínense como se sentía la madre! doblemente herida.
Nadie mencionó el nombre del médico, ni cuando trabajaba. El sólo dejó al niño con dos días de fiebre, lanzado en el piso. Y proponiéndole una vida sexual, tan lejana a él.
Trascurrió el tiempo, y siguió en la lucha con los “colegios especiales”, todos los días el transporte escolar lo iba a buscar a las 4 de la mañana. Era un corre, corre para aquí y para allá. Fueron años y años. No aprendía a leer, y hablaba enredado. Pero siempre muy querido por los suyos.
Pasaron los años y no hubo cambio. Los trasportes cesaron de venir y su papá asumió el puesto; ya adolescente, la familia pensó que debería aprender un oficio, porque su capacidad intelectual, no le ayudaba para aprender a leer y escribir. Realmente no fue así. En el tiempo el papá seguía llevándolo y trayéndolo, sin avance ninguno. No aprendía ningún oficio, primero fue cerámica, luego madera y otra vez cerámica.
El papá sufrió dos infartos por la vida agonizante que vivía. Y dijo que no podía seguir así. Llevándolo y trayendo. Así que el joven tuvo que quedarse en su casa, con la tristeza de su madre.
Ya de hombre, ¿cómo serlo en su plenitud?, con sus propias necesidades y no ser igual a otros que ya tienen su familia y varios hijos, ¿cómo matar lo que sentía?, cómo permanecer encerrado en un cuerpo de hombre y con una mente de niño.
El se sumió en una depresión profunda, sin deseos de bañarse, de cortarse el cabello, ni cambiar de atuendo. La madre, todo esto, la golpeaba no sabía que hacer, al fin y al cabo era ¡su niño!.
Sin duda, es una desdicha nacer diferente.............................