Fue un día tormentoso, en el cual debía llegar hasta la
última Estación del Metro. Todo estaba colapsado. Grandes cantidades de gente,
intentaban sobrevivir dentro del encierro. No había aire acondicionado. Ese día
tenía la meta de llegar a mi hogar sin importar cualquier obstáculo. Busqué un
rinconcito en el vagón y me sostuve como pude. Los parlantes iban diciendo que
el sistema estaba colapsado, pero yo solo pensaba en concluir mi viaje.
Llegué a la estación
donde debía bajar. Entre tanta gente, me resbalé y una pierna quedó entre la
pared y el bajón. Dos ideas pasaron por mi mente, en esos pocos segundos: la
primera, perdí la pierna y segunda YO
SOY MÁS ESO, seguiré viviendo y luchando. En una nebulosa, escuché que
resonaban alarmas de emergencia. Oí gritos que decían “una señora se cayó”.
Posteriormente, varios hombres me levantaron como pudieron. Apoyé ambas piernas
y enseguida me fui al piso. No sabía si una de las piernas tenía una fractura,
pero lo que sí sabía era que me dolía un montón. Se agolparon millares de estrellitas y pitos que no cabían
en mi cabeza.
El vagón siguió de
largo y yo me caía cada dos metros, por la baja de tensión. Me recuperaba y
rodaba dos metros más. En realidad, en aquel entonces el Metro estaba
totalmente deshumanizado. Poco les importaba que pasaba en las estaciones ¡mi
querida burocracia!. Alguien se condolió de mí. En mi letargo oí una voz de
mujer que pedía ayuda. Me sostuvo y me ayudó a caminar. Habló en la taquilla y
me llevaron a una oficina con una camilla. Allí mis signos vitales se
normalizaron.
Pregunté en qué estación me encontraba y ya un poco
mejor decidí tomar un vehículo. Llamé a mi hermana señalándole que se me había
bajado la tensión y que me esperara. La pierna la sentía partida en tres partes
pero podía dar uno que otro paso. Dios es grande.
Junto con mi hermana,
llegué a mi casa. En mi pierna observé tres hematomas, por los cuales no podía
caminar correctamente. Pero si tenía la fe de que todo pasaría. Seguiría siendo
yo, la que va detrás de cada meta. Sin creerme mejor que otro, pero sí
particular porque Dios y mi familia me enseñaron que mientras tenga alma, podré
sobreponerme a las contrariedades del mundo. Lo básico es aprender de él y
evolucionar.
Así voy intentando
darle la mano a quien lo necesite y continuando mi camino, con mis metas, con
aciertos y fracasos como todo ser humano; viendo el vaso lleno en vez de vacío y
así respirando en la vida, hasta que ella concluya.
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