sábado, 30 de abril de 2016

SIMBOLO DE HERMANDAD


Por donde ando voy con Dios
me encuentro con rosas y claveles
en esta Tierra bella, viviente
tengo angelitos en el cielo
que me tocan campanitas,
¿quién puede contra el Supremo?
Yo voy con mi pupilo y con mi Quijote
le enseño la necesidad de la estabilidad
entre la fantasía, la ilusión
y la realidad de estar vivos
Pero quisiera preguntarle
a alguien, ¿por qué tanta maldad?
¿todos los seres humanos conocen lo que hacen?
saben que debemos AMAR,
a nuestro planeta, a las plantas,
a cada animal, aquel que en sus ojos
se ve la emoción, la total naturalidad.
Y mucho más al Hermano
a quien se le brindó como compañía
un alma que siente y palpita.
¿Por qué tantos rasguños? ¿por qué tanta envidia?
No sería mejor,_¿ concentrarse en nuestras vidas?
tener bellos pensamientos, nobles sentimientos.
ponerse en los zapatos del otro,
para sentir cada paso,cada suspiro.
¿No saben la existencia de Dios?, quisiera preguntar
¿dónde pongo el GRITO?.............
Tengo mucha fuerza pero a veces, me desvelo.
JASMIN GUILLEN PAUL
IMAGEN: WWW


domingo, 24 de abril de 2016

Aprender __la vía

Creo que esta Nueva Venezuela debe llevar el nombre de APRENDER; sinónimo de saber coser, 
cocinar, tejer,  bisutería, sastrería, mecánica, primeros auxilios,  cerámica, computación etc, etc,etc  y
 gerenciar con los mínimos recursos, porque al ahorrar un poco hoy, en un futuro tendremos ALGO 
PROPIO  donde asirnos. Hoy en día, un sueldo  no alcanza y este país es otro. Lo debemos 
aceptar. La ley de la evolución establece que quien no se adapta SE EXTINGUE.
 Yo actualmente, voy con mi pupilo aprendiendo. El vivir con mi abuela, me permitió comprender que 
debemos  nutrirnos de la vivencia de las nuevas generaciones. Pienso que esa forma de vida, es lo 
que le permitió permanecer "joven" por tan largo tiempo. Así amo mi entorno y las gente con las que 
me encuentro porque me van enseñando constantemente.  Me permiten respirar fuertemente, y 
agradecer a Dios POR ESTAR VIVA. Asi amoooooooooooooooooooooooooooooooooooooooo mi 
existir.
Imagen: Doronina Tatiana 



viernes, 22 de abril de 2016

Mañana

Estoy dudosa, mañana es veintitrés

unas letras, un decir y un libro

no celebro mi cumpleaños

con gran pompa, sólo respiro

fuertemente, uniéndome

mucho más a la vida

En verdad, me acerco a los cincuenta

pero no estoy totalmente alegre

porque unos hermanos

están realmente tristes

entonces sonrío brevemente

y continúo en oración

por todos los seres que sufren

lloran y llevan el corazón

totalmente, de negro carbón

Sé, que el Señor nunca

dejará perder mi constante ruego

Jasmín Guillén Paúl
Imagen; Ennio Montariello


domingo, 17 de abril de 2016

Señor, hoy rezo


Elevo mi plegaria por mis hermanos
aquellos adoloridos, temerosos
Por aquellos que ven a su pueblo
en el suelo. Las lágrimas corren
los corazones están heridos
¿a quién más grande, puedo recurrir?
sino a ti, nuestro Padre
dispuesto siempre a dar
Oye, Señor mi ruego
recuerda a tantos, recuerda a muchos
mi oración es poca, para tanto sufrir
oye, Señor mi humilde rezo
Jasmín


jueves, 14 de abril de 2016

23 de abril, señora

No sé si tuve un sueño o una pesadilla. Podría ser un sueño porque, a la señora la amé mucho y podría ser una pesadilla porque en mi descanso, la vi como siempre pequeñita y mi corazón en ese instante dio un vuelco. Allí enfrente estaba yo, y mi boca estaba seca, no quería herirla. Ella estuvo conmigo desde que nací hasta la treintena de años. Mi mente tenía innumerables preguntas como lanzas; además de recuerdos. Mi razón comenzó a enumerar: Madre, realmente ¿esa es tu familia? ¿esos seres son los que formaste para la vida, con valores y entrega?.¿En verdad, fuiste tú?. Supe de tus trasnochos, de tu cansancio al "supuestamente" educar a tus nietos, de tu cuarto lleno de ropa intima sin lavar, y tu queja constante por la mala crianza.  . Yo recordé, las veces que venías a mi casa, en ese tiempo junto con mi hermana buscábamos tizas de colores, plastilina, cuentos, canciones, tú sabes que lo hice  por mi tío y por Ud. Antiguamente me dirigían un simple HOLA, presumo que era de agradecimiento (en los buenos tiempos)  y ahora  Me MALDICE, pero sé que no llega, al cielo porque es una idiota asalariada, abandonada por su madre. Posteriormente, otros niñitos me dañaron un mouse, pensé fue CULPA MIA. Recuerdas el pizarrón, mis padres en las visitas salían contaminados con tiza. Hasta que el viejo me preguntó ¿necesitas el pizarrón?  yo le ratifique __ no, papá ya tengo pizarras acrílicas. Posteriormente, pintó la pared y los niños maleducados, endiablados se quedaron en la carrera viendo la diferencia.
 . Por eso señora, papá no deseaba un niño en casa, ya estaba traumatizado, por esos infantes. El me dijo __ya nosotros no estamos acostumbrados a muchachos. yo le ratifique ___Papá, DEPENDE DE QUIEN LOS CRIA, porque solamente UNO ES ESPECIAL, quien me ARREPIENTO de haberlo hecho cristiano. Hubiera botado el dinero del bautizo y de los regalos dicembrinos en la basura o se LO HUBIERA DADO A UNA PERSONA, no a un............................
 A diferencia, mi hijo habla con mis padres serenamente, en su casa y en 15 minutos regresa con la encomienda. Amiga, yo no le puse un COLCHÓN para que brincara, ni mi hijo necesita regaños para comer, como vi a otras madres con la tensión alta y los cachetes rojos Será señora, que observé otras generaciones y no me gustó. No lo dije, por respeto, (que le faltaron a algunas).
  Medito sobre mi sueño o pesadilla y yo no quisiera encontrarme con Ud. porque tendría que quedarme MUDA ante sus RESULTADOS DE CRIANZA, pero pensándolo bien. Le presentaría a mi hijo resultado de otro tesón, de otra formación. Y no me gustaría que bajara los ojos, indicando tácitamente __YA NO PUEDO HACER NADA. Yo con un breve gesto afirmaría y le diría ¡mujer descansa !YA NO ES CULPA TUYA!.


domingo, 10 de abril de 2016

Lo erótico en “Cien años de soledad. Recopilación

Miguel Paz B. « »
«Lo erótico en “Cien años de soledad”».
El Nacional, Caracas, 19 de mayo de 1968, Papel Literario, El Novelista y su Fama, p 2.
una..."mujer de signo trágico y extraordinaria impavidez es Remedios, la bella, pues todos los hombres que se le acercaban atraídos por su exótica belleza estaban condenados irremisiblemente a la muerte. “Un día, cuando empezaba a bañarse, un forastero levantó una teja del techo y se quedó sin aliento ante el tremendo espectáculo de su desnudez. Ella vio los ojos desolados a través de las tejas rotas y no tuvo una reacción de vergüenza sino de alarma. —Cuidado —exclamó—. Se va a caer. —Nada más quiero verla, —murmuró el forastero. —Ah, bueno —dijo ella—. Pero tenga cuidado que esas tejas están podridas. El forastero tenía una dolorosa expresión de estupor, y parecía batallar sordamente contra sus impulsos primarios para no disipar el espejismo”.
Remedios continuó bañándose imperturbable, impasible, hablándole al hombre del peligro que corría. Pero “el forastero confundió aquella cháchara con una forma de disimular la complacencia, de modo que cuando ella empezó a jabonarse cedió a la tentación de dar un paso adelante. —Déjame jabonarla —murmuró—. —Le agradezco la buena intención —dijo ella—, pero me basto con mis manos. Después, mientras se secaba, el forastero le suplicó con los ojos llenos de lágrimas que se casara con él. Ella le contestó sinceramente que nunca se casaría con un hombre tan simple que perdía casi una hora, y hasta se quedaba sin almorzar, sólo por ver bañarse una mujer. Al final, cuando se puso el balandrán, el hombre no pudo soportar la comprobación de que en efecto no se ponía nada debajo, como todo el mundo sospechaba, y se sintió marcado para siempre con el hierro ardiente de aquel secreto. Entonces 
quitó dos tejas más para deslizarse en el interior baño”.
—Está muy alto —lo previno ella asustada—. ¡Se va a matar! Las tejas podridas se despedazaron en un estrépito de desastre, y el hombre apenas alcanzó a lanzar un grito de terror, y se rompió el cráneo y murió sin agonía en el piso de cemento”.
Facebook: Jasmín Guillén paúl
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LIBRO. PANTALEON Y LAS VISITADORAS. Recopilación

LIBRO. PANTALEON Y LAS VISITADORAS autor: VARGAS LLOSA
Argumento[editar]

Amazonía Peruana, donde se desarrolla la trama del libro.
La historia de la novela habla de un capitán del Ejército peruano, Pantaleón Pantoja, quien se ve involucrado, muy a su pesar, por sus superiores en una misión para satisfacer las necesidades sexuales de un grupo de soldados destinados en la Amazonía Peruana. Pantoja es escogido para llevar a cabo dicha misión por ser un militar modelo, sin vicios ni hijos.
Pantaleón desecha al principio la idea porque atenta contra la base de sus principios, pero se ve obligado a realizarla. Decide sanear la zona y la base ya que estaban en muy mal estado, y no le dice nada a su esposa Francisca («Pochita»), ya que su misión es totalmente secreta.
El servicio que pretende llevar a cabo Pantoja se llama Servicio de Visitadoras para Guarniciones, Puestos de Frontera y Afines (SVGPFA), y consiste en llevar prostitutas («visitadoras») a los cuarteles de Iquitos, donde deben complacer a los soldados primero para luego extenderse a rangos superiores (servicios denominados «prestaciones»), siendo todo el asunto secreto. Entre dichas meretrices se encuentra una mujer muy seductora, Olga Arellano (apodada «La Brasileña»),4 la cual se involucra con Pantaleón, llegando éste a serle infiel a Francisca.
Es asi como con todo su talento para administrar, "Panta", como le llaman las visitadoras, organiza un servicio de prostitución para las bases del ejercito que se convierte en la unidad mas eficiente de la institución castrense.
Pantaleón es un hombre que se hunde por la solidez de sus principios.
Mario Vargas Llosa3
Luego que «La Brasileña» es asesinada por un grupo de nativos furibundos, Pantaleón se presenta en su entierro vestido de militar (haciendo público así al carácter del servicio y develando el secreto al que estaba obligado) con el objetivo de levantarle la moral a las trabajadoras
BUSCAR EL LIBRO Y LEER

sábado, 9 de abril de 2016

CAFECITO


Creo que sabrás que me encantan las misivas. Y ante ti y tu intelecto, surgen muchas preguntas juntas, como por ejemplo¿bebes el mismo
vaso de café, que acostumbrabas un tiempo atrás?
Porque todo ha cambiado, pero lo que prevalece en mi CONDUCTA son los VALORES, cafecito. Para mí, es fundamental el Mandamiento: "NO LE HAGAS A OTRO LO QUE NO QUIERES QUE TE HAGAN". Engañaste a un BOBO, bien lo sé. Pero tu otro jefe, ¿tan idiota,es? y las LICENCIADAS. Y llevar y traer a tu hermana INUTIL, INCAPAZ. La pienso, CARRETERA; como ella lo pronunció. Porque perder las habilidades sociales, comunicativas y de permanecer a este pueblo venezolano le toca la definición de C-A-R-R-E-T-E-R-A. Afortunadamente, mi hermana y yo sabemos "ganarnos" el pan con el sudor de nuestra frente NO ROBAR. Los niñitos te esperarán Y NO LLEGARAS POBRECITO.
Y cómo padre y abuelo, eres un fiasco, porque con ¿qué cara le hablas de valores, a tu descendencia idiota, cafecito?. Espero que no digas que te criaron "con agua de leche" porque todavía me DUELE la rodilla, del trabajador bancario y que hoy sé que era un UTILITIS el pobre. El se ganó los viajes, y las fiestas con su trabajo, se creó una "MAXIMA IDIOTA" voy a criar a mis hijos mejor que yo. Lamentablemente, lo que hizo fue enseñar a seres incapaces, ladrones, inconformes con su tiempo. No te deseo mal, porque "ya estás mal". En tu educación no hubo límites y vas dando tumbos con los tuyos. No creas que me río, es como contar 2 + 2= 4 o saber que en
el paladar MOLESTA, sobremanera el COMINO, por eso no funcionó la empresa y mi querida "carretera" no está en nómina como lo está mi hermana. Me despido, deseándote que la VOLUNTAD de Dios se manifiesta en ti y quizás aprendas para no volver de nuevo a hacer la cochinada de vida que has tenido, espero que evoluciones cafecito.
Quien desea OLVIDARTE
JASMIN
IMAGEN:Enrique Luis Sardi


miércoles, 6 de abril de 2016

hombres y vida

Los buenos siempre vi pasar
En el mundo graves tormentos.
Y para más sorprenderme,
Los malos siempre vi nadar
En el mar de alegrías.

Luís de camões - Portugal (1524-1580)
"los lusiadas"

Fotohttp://kenanaonline.com/users/almitwaliy/posts/545576

 · 



martes, 5 de abril de 2016

Nadie- recopiación

"Nadie es tan fuerte que nunca haya llorado,
Ni tan autosuficiente para nunca ser ayudado.
Nadie es tan débil, que nunca haya vencido,
Ni tan inválido que nunca haya contribuido.
Nadie es tan sabio que nunca se haya equivocado,
Ni tan mal que nunca haya acertado.
Nadie es tan valiente que nunca tuvo miedo,
Ni tan miedoso que nunca tuvo el coraje.
Nadie es tan alguien que nunca
Necesitó a alguien!"

Hel Alde Sá
https://www.facebook.com/hel.aldesa.3?fref=ts

Arte por talantbek chekirov



DESPUES

"Después?
Después el café se enfría
Después la prioridad cambia
Después el encanto se pierde
Después lo temprano se hace tarde
Después la nostalgia pasa
Después de su ausencia no es más sentida
Después de lo que usted quería,
Puede ser lo que no quiere más...
Ahh.. Después de tanta cosa cambia...
No dejes nada para después,
Porque en la espera del después,
Usted puede perder los mejores momentos,
Las mayores experiencias
Y los más grandes y mejores sentimientos..."

(desconocido)

Foto desconocida por Sandra Chiesa
PAGINA FACEBOOOK: Arte, Historia y literatura



lunes, 4 de abril de 2016

Todavía te acompaño. Recopilación

Señores sonrían cuando diga tres, Ok

Uno, dos , tres¡¡¡

Y allí estaba yo, 

Metí la barriga, con cuidado para evitar accidentes penosos

Saqué el pecho, hasta donde me alcanzaba la respiración.

Doblé y apreté el brazo derecho, que estaba al frente de la cámara, un músculo por aquí puede ayudar.

Remangué mi camisa, para que se viera el brazo, asi como quien no quiere que vean mi fortaleza.

Una sonrisa de oreja a oreja, mis dientes afuera, pero solo los que no están desviados, claro

Un abrazo a la chica mas cercana, pero sin apretar claro está, no sea que crea otra cosa..

Un retoque en mi cabello ( lo que me queda) , para, tu sabes¡¡¡, aplacar esos bellos parados inoportunos.

La camisa, muy importante, un pequeño jalón disimulado, para sacarla un poco del pantalón, unos 2 mm hacia 

afuera, paralela a la correa.

Mejor, me elevo un poco con mis pies, como que no sobresalgo lo suficiente.

El Flash, simple y normal se activó, la foto, de esas instantáneas, una sacudida y listo, allí estaba la Foto 

revelada. Juan,Pedro,María, José, Catalina, todos alli.

Lástima , no importó cuanto me arreglara, tenía que ser esa bendita foto la que me convenciera de que Yo ya no 

estaba en este mundo y de que Todavía te acompaño, aunque ya he debido irme.

" Y tu, recuérdame cuando te tomes una foto, allí estaré contigo para acompañarte, aunque ya no 

me veas"                                    
                                           AUTOR: FITO  VENEZOLANO
          

sábado, 2 de abril de 2016

misiva a Mafalda

Querida Mafalda

En este día tan especial me acordé de tu cumpleaños... ¡cómo pasa el tiempo! Nacimos en el corazón de un país que soñaba. ¡cuántas utopías! ¡cuántos deseos de crecer, de mejorar las cosas!

Nos tocó convivir con un tiempo de hombres creativos: Luther King, Che Guevara, Juan XXIII, John Kennedy; nos transmitieron el sentido de la justicia, el valor de los sentimientos, la maravillosa aventura de pensar con la propia cabeza...Ayer me preguntaba por nuestra amiga Libertad, aquella 
pequeñita que un día encontraste en una playa, no me acuerdo si era Santa Teresita o Mar de Tuyu, me acuerdo todavía cuando la presentaste a tus padres.... Era vivaracha y quemadita por el sol de febrero.¿dónde vive Libertad? ¿es verdad que la mataron durante la dictadura? Dicen que la torturaron y su cuerpo despareció en el Río de la Plata.....Me cuesta pensar que se murieron sus sueños. ¿y si vive?¿estará filosofando sobre la fragilidad de las cosas y el sentido de la vida?¿Qué fue de Susanita? ¿se casó? ¿Pudo realizar su vocación de ser madre? La imagino viviendo en alguna ciudad de provincia, paseando del brazo del marido (un hombre bajo y calvo) en una tarde de verano, contenta con sus hijos y cuidando el primer nieto, realizada como tantas comunes mujeres...
Supe de Manolito, que perdió sus ahorros durante el corralito y no soportó tanta crisis.Los últimos días lo vieron cabizbajo, murmurando palabras incoherentes, abandonado como un mendigo en una estación de trenes, triste y abatido como tantos...Sé que Felipe vive en La Habana, que probó con el cine, que tiene un taxi y habla a los turistas de Fidel y de laRevolución con el mismo entusiasmo que cuando vivía en Buenos Aires....A Guille, tu hermano, lo escuché tocar, hace poco,en la Scala de Milán. Vive en Ginebra, nunca se arrepiente de haber emigrado en los últimos años de Alfonsín, me contó que es feliz con su nueva pareja...Y vos, querida amiga, ¿cómo estás? Hace tanto tiempo que no tengo noticias tuyas. Sé, por otros que sigues escuchando la radio, que lees los diarios del mundo, que te duele el Irak como te dolía Vietnam sé que trabajas para la FAO por los pueblos del hambre, que estás indignada por la prepotencia de Bush.
Me llegó tu pedido de juntar medicinas para los Médicos sin Fronteras, sé que siguen las reuniones en tu casa de París,que estás confundida, inquieta y preocupada por el futuro del mundo.....
En fin, Mafalda, sé lo suficiente como para saber que seguís viva, viva en el alma, niña como siempre... De parte mía sigo escribiendo siempre, renegando porque me falta tiempo; creyendo como siempre, en el valor de la sinceridad, perdiendo oportunidades por manifestar mis ideas.Algunos días estoy triste y deprimido, pero puede siempre más la alegría que la tristeza...El mundo no mejoró mucho desde la época en que vivíamos juntos en nuestra patria.A veces, cuando miro el globo terráqueo, encuentro tu mirada, pienso en todos aquellos que lo miran como vos, en los ojos de los que protestan, de los que no se conforman,y de los que viven en la atmósfera del optimismo y de la
justicia....Esos ojos, junto a los míos, te desean un buen día, querida amiga, por otros cuarenta años tan intensos y jóvenes como los que has vivido.Un beso grande de tu amigo que te quiere como siempre.

.-Miguelito-.

Fuente: Miguelito

viernes, 1 de abril de 2016

el almohadón de plumas de Horacio Quiroga. Recopilación

El almohadón de plumas

[Cuento. Texto completo.]

Horacio Quiroga


Su luna de miel fue un largo escalofrío. Rubia, angelical y tímida, el carácter duro de su marido heló sus soñadas niñerías de novia. Ella lo quería mucho, sin embargo, a veces con un ligero estremecimiento cuando volviendo de noche juntos por la calle, echaba una furtiva mirada a la alta estatura de Jordán, mudo desde hacía una hora. Él, por su parte, la amaba profundamente, sin darlo a conocer.
Durante tres meses -se habían casado en abril- vivieron una dicha especial.
Sin duda hubiera ella deseado menos severidad en ese rígido cielo de amor, más expansiva e incauta ternura; pero el impasible semblante de su marido la contenía siempre.
La casa en que vivían influía un poco en sus estremecimientos. La blancura del patio silencioso -frisos, columnas y estatuas de mármol- producía una otoñal impresión de palacio encantado. Dentro, el brillo glacial del estuco, sin el más leve rasguño en las altas paredes, afirmaba aquella sensación de desapacible frío. Al cruzar de una pieza a otra, los pasos hallaban eco en toda la casa, como si un largo abandono hubiera sensibilizado su resonancia.
En ese extraño nido de amor, Alicia pasó todo el otoño. No obstante, había concluido por echar un velo sobre sus antiguos sueños, y aún vivía dormida en la casa hostil, sin querer pensar en nada hasta que llegaba su marido.
No es raro que adelgazara. Tuvo un ligero ataque de influenza que se arrastró insidiosamente días y días; Alicia no se reponía nunca. Al fin una tarde pudo salir al jardín apoyada en el brazo de él. Miraba indiferente a uno y otro lado. De pronto Jordán, con honda ternura, le pasó la mano por la cabeza, y Alicia rompió en seguida en sollozos, echándole los brazos al cuello. Lloró largamente todo su espanto callado, redoblando el llanto a la menor tentativa de caricia. Luego los sollozos fueron retardándose, y aún quedó largo rato escondida en su cuello, sin moverse ni decir una palabra.
Fue ese el último día que Alicia estuvo levantada. Al día siguiente amaneció desvanecida. El médico de Jordán la examinó con suma atención, ordenándole calma y descanso absolutos.
-No sé -le dijo a Jordán en la puerta de calle, con la voz todavía baja-. Tiene una gran debilidad que no me explico, y sin vómitos, nada... Si mañana se despierta como hoy, llámeme enseguida.
Al otro día Alicia seguía peor. Hubo consulta. Constatóse una anemia de marcha agudísima, completamente inexplicable. Alicia no tuvo más desmayos, pero se iba visiblemente a la muerte. Todo el día el dormitorio estaba con las luces prendidas y en pleno silencio. Pasábanse horas sin oír el menor ruido. Alicia dormitaba. Jordán vivía casi en la sala, también con toda la luz encendida. Paseábase sin cesar de un extremo a otro, con incansable obstinación. La alfombra ahogaba sus pasos. A ratos entraba en el dormitorio y proseguía su mudo vaivén a lo largo de la cama, mirando a su mujer cada vez que caminaba en su dirección.
Pronto Alicia comenzó a tener alucinaciones, confusas y flotantes al principio, y que descendieron luego a ras del suelo. La joven, con los ojos desmesuradamente abiertos, no hacía sino mirar la alfombra a uno y otro lado del respaldo de la cama. Una noche se quedó de repente mirando fijamente. Al rato abrió la boca para gritar, y sus narices y labios se perlaron de sudor.
-¡Jordán! ¡Jordán! -clamó, rígida de espanto, sin dejar de mirar la alfombra.
Jordán corrió al dormitorio, y al verlo aparecer Alicia dio un alarido de horror.
-¡Soy yo, Alicia, soy yo!
Alicia lo miró con extravió, miró la alfombra, volvió a mirarlo, y después de largo rato de estupefacta confrontación, se serenó. Sonrió y tomó entre las suyas la mano de su marido, acariciándola temblando.
Entre sus alucinaciones más porfiadas, hubo un antropoide, apoyado en la alfombra sobre los dedos, que tenía fijos en ella los ojos.
Los médicos volvieron inútilmente. Había allí delante de ellos una vida que se acababa, desangrándose día a día, hora a hora, sin saber absolutamente cómo. En la última consulta Alicia yacía en estupor mientras ellos la pulsaban, pasándose de uno a otro la muñeca inerte. La observaron largo rato en silencio y siguieron al comedor.
-Pst... -se encogió de hombros desalentado su médico-. Es un caso serio... poco hay que hacer...
-¡Sólo eso me faltaba! -resopló Jordán. Y tamborileó bruscamente sobre la mesa.
Alicia fue extinguiéndose en su delirio de anemia, agravado de tarde, pero que remitía siempre en las primeras horas. Durante el día no avanzaba su enfermedad, pero cada mañana amanecía lívida, en síncope casi. Parecía que únicamente de noche se le fuera la vida en nuevas alas de sangre. Tenía siempre al despertar la sensación de estar desplomada en la cama con un millón de kilos encima. Desde el tercer día este hundimiento no la abandonó más. Apenas podía mover la cabeza. No quiso que le tocaran la cama, ni aún que le arreglaran el almohadón. Sus terrores crepusculares avanzaron en forma de monstruos que se arrastraban hasta la cama y trepaban dificultosamente por la colcha.
Perdió luego el conocimiento. Los dos días finales deliró sin cesar a media voz. Las luces continuaban fúnebremente encendidas en el dormitorio y la sala. En el silencio agónico de la casa, no se oía más que el delirio monótono que salía de la cama, y el rumor ahogado de los eternos pasos de Jordán.
Alicia murió, por fin. La sirvienta, que entró después a deshacer la cama, sola ya, miró un rato extrañada el almohadón.
-¡Señor! -llamó a Jordán en voz baja-. En el almohadón hay manchas que parecen de sangre.
Jordán se acercó rápidamente Y se dobló a su vez. Efectivamente, sobre la funda, a ambos lados del hueco que había dejado la cabeza de Alicia, se veían manchitas oscuras.
-Parecen picaduras -murmuró la sirvienta después de un rato de inmóvil observación.
-Levántelo a la luz -le dijo Jordán.
La sirvienta lo levantó, pero enseguida lo dejó caer, y se quedó mirando a aquél, lívida y temblando. Sin saber por qué, Jordán sintió que los cabellos se le erizaban.
-¿Qué hay? -murmuró con la voz ronca.
-Pesa mucho  -articuló la sirvienta, sin dejar de temblar.
Jordán lo levantó; pesaba extraordinariamente. Salieron con él, y sobre la mesa del comedor Jordán cortó funda y envoltura de un tajo. Las plumas superiores volaron, y la sirvienta dio un grito de horror con toda la boca abierta, llevándose las manos crispadas a los bandós. Sobre el fondo, entre las plumas, moviendo lentamente las patas velludas, había un animal monstruoso, una bola viviente y viscosa. Estaba tan hinchado que apenas se le pronunciaba la boca.
Noche a noche, desde que Alicia había caído en cama, había aplicado sigilosamente su boca -su trompa, mejor dicho- a las sienes de aquélla, chupándole la sangre. La picadura era casi imperceptible. La remoción diaria del almohadón había impedido sin duda su desarrollo, pero desde que la joven no pudo moverse, la succión fue vertiginosa. En cinco días, en cinco noches, había vaciado a Alicia.
Estos parásitos de las aves, diminutos en el medio habitual, llegan a adquirir en ciertas condiciones proporciones enormes. La sangre humana parece serles particularmente favorable, y no es raro hallarlos en los almohadones de pluma.
fuente: Horacio Quiroga

Cuentos de amor de locura y de muerte, 1917



La gallina degollada.Horacio Quiroga. Recopilación


"Todo el día, sentados en el patio, en un banco estaban los cuatro hijos idiotas del matrimonio Mazzini-Ferraz. Tenían la lengua entre los labios, los ojos estúpidos, y volvían la cabeza con la boca abierta.
El patio era de tierra, cerrado al oeste por un cerco de ladrillos. El banco quedaba paralelo a él, a cinco metros, y allí se mantenían inmóviles, fijos los ojos en los ladrillos. Como el sol se ocultaba tras el cerco, al declinar los idiotas tenían fiesta. La luz enceguecedora llamaba su atención al principio, poco a poco sus ojos se animaban; se reían al fin estrepitosamente, congestionados por la misma hilaridad ansiosa, mirando el sol con alegría bestial, como si fuera comida.
Otra veces, alineados en el banco, zumbaban horas enteras, imitando al tranvía eléctrico. Los ruidos fuertes sacudían asimismo su inercia, y corrían entonces, mordiéndose la lengua y mugiendo, alrededor del patio. Pero casi siempre estaban apagados en un sombrío letargo de idiotismo, y pasaban todo el día sentados en su banco, con las piernas colgantes y quietas, empapando de glutinosa saliva el pantalón.
El mayor tenía doce años y el menor, ocho. En todo su aspecto sucio y desvalido se notaba la falta absoluta de un poco de cuidado maternal.
Esos cuatro idiotas, sin embargo, habían sido un día el encanto de sus padres. A los tres meses de casados, Mazzini y Berta orientaron su estrecho amor de marido y mujer, y mujer y marido, hacia un porvenir mucho más vital: un hijo. ¿Qué mayor dicha para dos enamorados que esa honrada consagración de su cariño, libertado ya del vil egoísmo de un mutuo amor sin fin ninguno y, lo que es peor para el amor mismo, sin esperanzas posibles de renovación?
Así lo sintieron Mazzini y Berta, y cuando el hijo llegó, a los catorce meses de matrimonio, creyeron cumplida su felicidad. La criatura creció bella y radiante, hasta que tuvo año y medio. Pero en el vigésimo mes sacudiéronlo una noche convulsiones terribles, y a la mañana siguiente no conocía más a sus padres. El médico lo examinó con esa atención profesional que está visiblemente buscando las causas del mal en las enfermedades de los padres.
Después de algunos días los miembros paralizados recobraron el movimiento; pero la inteligencia, el alma, aun el instinto, se habían ido del todo; había quedado profundamente idiota, baboso, colgante, muerto para siempre sobre las rodillas de su madre.
—¡Hijo, mi hijo querido! —sollozaba ésta, sobre aquella espantosa ruina de su primogénito.
El padre, desolado, acompañó al médico afuera.
—A usted se le puede decir: creo que es un caso perdido. Podrá mejorar, educarse en todo lo que le permita su idiotismo, pero no más allá.
—¡Sí!... ¡Sí! —asentía Mazzini—. Pero dígame: ¿Usted cree que es herencia, que...?
—En cuanto a la herencia paterna, ya le dije lo que creía cuando vi a su hijo. Respecto a la madre, hay allí un pulmón que no sopla bien. No veo nada más, pero hay un soplo un poco rudo. Hágala examinar detenidamente.
Con el alma destrozada de remordimiento, Mazzini redobló el amor a su hijo, el pequeño idiota que pagaba los excesos del abuelo. Tuvo asimismo que consolar, sostener sin tregua a Berta, herida en lo más profundo por aquel fracaso de su joven maternidad.
Como es natural, el matrimonio puso todo su amor en la esperanza de otro hijo. Nació éste, y su salud y limpidez de risa reencendieron el porvenir extinguido. Pero a los dieciocho meses las convulsiones del primogénito se repetían, y al día siguiente el segundo hijo amanecía idiota.
Esta vez los padres cayeron en honda desesperación. ¡Luego su sangre, su amor estaban malditos! ¡Su amor, sobre todo! Veintiocho años él, veintidós ella, y toda su apasionada ternura no alcanzaba a crear un átomo de vida normal. Ya no pedían más belleza e inteligencia como en el primogénito; ¡pero un hijo, un hijo como todos!
Del nuevo desastre brotaron nuevas llamaradas del dolorido amor, un loco anhelo de redimir de una vez para siempre la santidad de su ternura. Sobrevinieron mellizos, y punto por punto repitióse el proceso de los dos mayores.
Mas por encima de su inmensa amargura quedaba a Mazzini y Berta gran compasión por sus cuatro hijos. Hubo que arrancar del limbo de la más honda animalidad, no ya sus almas, sino el instinto mismo, abolido. No sabían deglutir, cambiar de sitio, ni aun sentarse. Aprendieron al fin a caminar, pero chocaban contra todo, por no darse cuenta de los obstáculos. Cuando los lavaban mugían hasta inyectarse de sangre el rostro. Animábanse sólo al comer, o cuando veían colores brillantes u oían truenos. Se reían entonces, echando afuera lengua y ríos de baba, radiantes de frenesí bestial. Tenían, en cambio, cierta facultad imitativa; pero no se pudo obtener nada más.
Con los mellizos pareció haber concluido la aterradora descendencia. Pero pasados tres años desearon de nuevo ardientemente otro hijo, confiando en que el largo tiempo transcurrido hubiera aplacado a la fatalidad.
No satisfacían sus esperanzas. Y en ese ardiente anhelo que se exasperaba en razón de su infructuosidad, se agriaron. Hasta ese momento cada cual había tomado sobre sí la parte que le correspondía en la miseria de sus hijos; pero la desesperanza de redención ante las cuatro bestias que habían nacido de ellos echó afuera esa imperiosa necesidad de culpar a los otros, que es patrimonio específico de los corazones inferiores.
Iniciáronse con el cambio de pronombre: tus hijos. Y como a más del insulto había la insidia, la atmósfera se cargaba.
—Me parece —díjole una noche Mazzini, que acababa de entrar y se lavaba las manos—que podrías tener más limpios a los muchachos.
Berta continuó leyendo como si no hubiera oído.
—Es la primera vez —repuso al rato— que te veo inquietarte por el estado de tus hijos.
Mazzini volvió un poco la cara a ella con una sonrisa forzada:
—De nuestros hijos, ¿me parece?
—Bueno, de nuestros hijos. ¿Te gusta así? —alzó ella los ojos.
Esta vez Mazzini se expresó claramente:
—¿Creo que no vas a decir que yo tenga la culpa, no?
—¡Ah, no! —se sonrió Berta, muy pálida— ¡pero yo tampoco, supongo!... ¡No faltaba más!... —murmuró.
—¿Qué no faltaba más?
—¡Que si alguien tiene la culpa, no soy yo, entiéndelo bien! Eso es lo que te quería decir.
Su marido la miró un momento, con brutal deseo de insultarla.
—¡Dejemos! —articuló, secándose por fin las manos.
—Como quieras; pero si quieres decir...
—¡Berta!
—¡Como quieras!
Éste fue el primer choque y le sucedieron otros. Pero en las inevitables reconciliaciones, sus almas se unían con doble arrebato y locura por otro hijo.
Nació así una niña. Vivieron dos años con la angustia a flor de alma, esperando siempre otro desastre. Nada acaeció, sin embargo, y los padres pusieron en ella toda su complaciencia, que la pequeña llevaba a los más extremos límites del mimo y la mala crianza.
Si aún en los últimos tiempos Berta cuidaba siempre de sus hijos, al nacer Bertita olvidóse casi del todo de los otros. Su solo recuerdo la horrorizaba, como algo atroz que la hubieran obligado a cometer. A Mazzini, bien que en menor grado, pasábale lo mismo. No por eso la paz había llegado a sus almas. La menor indisposición de su hija echaba ahora afuera, con el terror de perderla, los rencores de su descendencia podrida. Habían acumulado hiel sobrado tiempo para que el vaso no quedara distendido, y al menor contacto el veneno se vertía afuera. Desde el primer disgusto emponzoñado habíanse perdido el respeto; y si hay algo a que el hombre se siente arrastrado con cruel fruición es, cuando ya se comenzó, a humillar del todo a una persona. Antes se contenían por la mutua falta de éxito; ahora que éste había llegado, cada cual, atribuyéndolo a sí mismo, sentía mayor la infamia de los cuatro engendros que el otro habíale forzado a crear.
Con estos sentimientos, no hubo ya para los cuatro hijos mayores afecto posible. La sirvienta los vestía, les daba de comer, los acostaba, con visible brutalidad. No los lavaban casi nunca. Pasaban todo el día sentados frente al cerco, abandonados de toda remota caricia. De este modo Bertita cumplió cuatro años, y esa noche, resultado de las golosinas que era a los padres absolutamente imposible negarle, la criatura tuvo algún escalofrío y fiebre. Y el temor a verla morir o quedar idiota, tornó a reabrir la eterna llaga.
Hacía tres horas que no hablaban, y el motivo fue, como casi siempre, los fuertes pasos de Mazzini.
—¡Mi Dios! ¿No puedes caminar más despacio? ¿Cuántas veces...?
—Bueno, es que me olvido; ¡se acabó! No lo hago a propósito.
Ella se sonrió, desdeñosa: —¡No, no te creo tanto!
—Ni yo jamás te hubiera creído tanto a ti... ¡tisiquilla!
—¡Qué! ¿Qué dijiste?...
—¡Nada!
—¡Sí, te oí algo! Mira: ¡no sé lo que dijiste; pero te juro que prefiero cualquier cosa a tener un padre como el que has tenido tú!
Mazzini se puso pálido.
—¡Al fin! —murmuró con los dientes apretados—. ¡Al fin, víbora, has dicho lo que querías!
—¡Sí, víbora, sí! Pero yo he tenido padres sanos, ¿oyes?, ¡sanos! ¡Mi padre no ha muerto de delirio! ¡Yo hubiera tenido hijos como los de todo el mundo! ¡Esos son hijos tuyos, los cuatro tuyos!
Mazzini explotó a su vez.
—¡Víbora tísica! ¡eso es lo que te dije, lo que te quiero decir! ¡Pregúntale, pregúntale al médico quién tiene la mayor culpa de la meningitis de tus hijos: mi padre o tu pulmón picado, víbora!
Continuaron cada vez con mayor violencia, hasta que un gemido de Bertita selló instantáneamente sus bocas. A la una de la mañana la ligera indigestión había desaparecido, y como pasa fatalmente con todos los matrimonios jóvenes que se han amado intensamente una vez siquiera, la reconciliación llegó, tanto más efusiva cuanto infames fueran los agravios.
Amaneció un espléndido día, y mientras Berta se levantaba escupió sangre. Las emociones y mala noche pasada tenían, sin duda, gran culpa. Mazzini la retuvo abrazada largo rato, y ella lloró desesperadamente, pero sin que ninguno se atreviera a decir una palabra.
A las diez decidieron salir, después de almorzar. Como apenas tenían tiempo, ordenaron a la sirvienta que matara una gallina.
El día radiante había arrancado a los idiotas de su banco. De modo que mientras la sirvienta degollaba en la cocina al animal, desangrándolo con parsimonia (Berta había aprendido de su madre este buen modo de conservar la frescura de la carne), creyó sentir algo como respiración tras ella. Volvióse, y vio a los cuatro idiotas, con los hombros pegados uno a otro, mirando estupefactos la operación... Rojo... rojo...
—¡Señora! Los niños están aquí, en la cocina.
Berta llegó; no quería que jamás pisaran allí. ¡Y ni aun en esas horas de pleno perdón, olvido y felicidad reconquistada, podía evitarse esa horrible visión! Porque, naturalmente, cuando más intensos eran los raptos de amor a su marido e hija, más irritado era su humor con los monstruos.
—¡Que salgan, María! ¡Échelos! ¡Échelos, le digo!
Las cuatro pobres bestias, sacudidas, brutalmente empujadas, fueron a dar a su banco.
Después de almorzar salieron todos. La sirvienta fue a Buenos Aires y el matrimonio a pasear por las quintas. Al bajar el sol volvieron; pero Berta quiso saludar un momento a sus vecinas de enfrente. Su hija escapóse enseguida a casa.
Entretanto los idiotas no se habían movido en todo el día de su banco. El sol había traspuesto ya el cerco, comenzaba a hundirse, y ellos continuaban mirando los ladrillos, más inertes que nunca.
De pronto algo se interpuso entre su mirada y el cerco. Su hermana, cansada de cinco horas paternales, quería observar por su cuenta. Detenida al pie del cerco, miraba pensativa la cresta. Quería trepar, eso no ofrecía duda. Al fin decidióse por una silla desfondada, pero aun no alcanzaba. Recurrió entonces a un cajón de kerosene, y su instinto topográfico hízole colocar vertical el mueble, con lo cual triunfó.
Los cuatro idiotas, la mirada indiferente, vieron cómo su hermana lograba pacientemente dominar el equilibrio, y cómo en puntas de pie apoyaba la garganta sobre la cresta del cerco, entre sus manos tirantes. Viéronla mirar a todos lados, y buscar apoyo con el pie para alzarse más.
Pero la mirada de los idiotas se había animado; una misma luz insistente estaba fija en sus pupilas. No apartaban los ojos de su hermana mientras creciente sensación de gula bestial iba cambiando cada línea de sus rostros. Lentamente avanzaron hacia el cerco. La pequeña, que habiendo logrado calzar el pie iba ya a montar a horcajadas y a caerse del otro lado, seguramente sintióse cogida de la pierna. Debajo de ella, los ocho ojos clavados en los suyos le dieron miedo.
—¡Soltáme! ¡Déjame! —gritó sacudiendo la pierna. Pero fue atraída.
—¡Mamá! ¡Ay, mamá! ¡Mamá, papá! —lloró imperiosamente. Trató aún de sujetarse del borde, pero sintióse arrancada y cayó.
—Mamá, ¡ay! Ma. . . —No pudo gritar más. Uno de ellos le apretó el cuello, apartando los bucles como si fueran plumas, y los otros la arrastraron de una sola pierna hasta la cocina, donde esa mañana se había desangrado a la gallina, bien sujeta, arrancándole la vida segundo por segundo.
Mazzini, en la casa de enfrente, creyó oír la voz de su hija.
—Me parece que te llama—le dijo a Berta.
Prestaron oído, inquietos, pero no oyeron más. Con todo, un momento después se despidieron, y mientras Berta iba dejar su sombrero, Mazzini avanzó en el patio.
—¡Bertita!
Nadie respondió.
—¡Bertita! —alzó más la voz, ya alterada.
Y el silencio fue tan fúnebre para su corazón siempre aterrado, que la espalda se le heló de horrible presentimiento.
—¡Mi hija, mi hija! —corrió ya desesperado hacia el fondo. Pero al pasar frente a la cocina vio en el piso un mar de sangre. Empujó violentamente la puerta entornada, y lanzó un grito de horror.
Berta, que ya se había lanzado corriendo a su vez al oír el angustioso llamado del padre, oyó el grito y respondió con otro. Pero al precipitarse en la cocina, Mazzini, lívido como la muerte, se interpuso, conteniéndola:
—¡No entres! ¡No entres!
Berta alcanzó a ver el piso inundado de sangre. Sólo pudo echar sus brazos sobre la cabeza y hundirse a lo largo de él con un ronco suspiro."
Fuente: Horacio Quiroga 

Cuentos de amor de locura y de muerte, 1917