Realmente, creo en un mundo después de la muerte. Pero no me doy mala vida. Pienso que lo esencial en nuestra existencia está basado en las eternas premisas “amar a Dios sobre todas las cosas””y a tu próximo como a ti mismo”. Mi familia siempre ha sido bastante religiosa. Mi abuela comulgaba todos los domingos y todos los viernes de cada mes. Además tengo una hermana “sacristana” que no pela un domingo en misa.
Mamá ha sido bastante pragmática dice:- primero mis deberes familiares y luego mi religión.
Sin alargar tanto la anécdota, tenía yo veintidós años estaba en la Universidad; de lo más entusiasmada con mis compañeras y mis estudios. Mi abuela y mi mamá lavaban en un apartado detrás de la casa. Ese lugar era un poco sombrío y alejado para nosotros, los transeúntes.
Ese día, sentimos una ráfaga de aire frío. Mi abuela contaba con 55 años y yo tenía mis 54 kilos. Sentimos algo extraño, nos miramos una a la otra e intentamos tres veces seguidas, cerrar la puerta. Pero no cedía. Llamamos fuertemente a mi mamá, quien llegó de un cuarto de la casa.
Ella vino y con una sola mano como si fuera una pluma cerró la puerta y nos miró cómo preguntándonos qué nos pasaba. El mismo día, supimos que en la mañana había muerto una tía abuela, muy querida que deseaba venir a nuestra casa. Ella siempre quería comer las mangas que aquí se daban. Y que nosotros siempre le llevábamos. Ella estaba recluida en un lugar para ancianos. A mí me partía el alma, pero nosotros no, podíamos hacernos cargo de ella.
Así que ese día, pensé que fue la visita que Dios le permitió realizar a nuestro hogar. Y sólo la dueña de la casa podía decidir si entraba o no esa entidad o espíritu (no sé como definirlo). Pero creo que nuestros seres queridos siempre están con nosotros. Esta fue la última visita de nuestra tía Isabel a nuestra casa

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