Se acerca a mí, oloroso a
sopa. Es blanco, peludo, una nariz fría y unos ojos marrones oscuros,
brillantes que me miran con bondad. Sale corriendo y trae la pelota de goma,
una y otra vez. Me mueve el cable del Internet y me deja sin la red de redes.
Por su culpa, me enojé con una amiga; porque no entendí su mensaje. Pero él no
le importa, llega con su pelota gozoso. No sé, pero me recuerda a Platero, será
por su bondad y su amistad.
Anteriormente, llevaba
un año de casada, y me sentía sola, al irse mi esposo; a pesar de que la casa
es pequeña. Decidí resueltamente, comprar un perrito poodler, mi profesora de
sistemas de uñas acrílicas, tenía uno. Yo fui a su casa por dos semanas, para
aprender los métodos. Estaba resuelta a verme las uñas enormes, casi como –“el
muchacho de las manos de tijeras”. Lo decidí concienzudamente, me imaginaba
como la cenicienta, en el baile del príncipe y ¡no podía ir con mis uñas chiquititas,
que rasgan tizas!.
Entonces yo
estaba enamorada del perrito, de la profe. Era bello, tranquilo y amoroso.
Pensé ¡el ideal para mí! ¡de casualidad no me lo llevo a mi casa! –haciendo un
secuestro express- imagínense yo en eso, jamás.
Me plantee,
¡quiero el perrito, en realidad!. Revisé las páginas amarillas, para buscar un
número donde podría comprarlo, ya que no tenía Internet, copié cuatro números,
que me aseguraban tener éxito. Llamé varias veces, sería en mi terquedad, que
tres veces llamé al mismo, ¡pobre veterinario!. Las primeras llamadas me
respondió muy cortés le agradecí, pero ya a la tercera llamada, me dijo
–señora, señora, yo creo que en un lugar de Caracas, venderán un pood, aquí no.
Yo como niña regañada, taché y escondí debajo de mi cojín, el número del
susodicho veterinario. Encogí los hombros y miré de forma pícara a mi hermana-
que estaba en esa empresa conmigo. Sin perder mi
meta, dejé pasar los días y visitamos a la familia de un cuñado, allí cerca
vendían perritos y le pregunté a la señora –¿son sanos los perritos de ese
criadero? y sorprendentemente me respondió –¿y es que no te basta, el perro de
tu marido?. Soltamos la carcajada, pero luego mi esposo se quejó. Ya
tenía un indicio, y un dinero guardado, cuando le propuse otro paseo a mi
esposo, el llevó dinero para helados, sin pensar, que iba a comprar al perrito,
y así fue. Tuvimos que ir nuevamente a casa, rápido, para buscar la otra parte
del dinero y adquirir alimento para cachorros. Lo vi por primera vez, blanco,
peludo y con manchas marrones pensé “ una cotufa”. Se lo dí a mi esposo y por
todo el camino, un montón de hombres iban acariciando al perrito, Julio
decía –¡hora si es verdad! y yo soltaba la carcajada.
El primer día no
quería dormir solo en su cajita, le puse una cobijita a la derecha, a la
izquierda y seguía llorando. Lo pasé a la cama, sin que Julio, se enterara, y
en media hora estábamos bañados de orine. Julio me atraía, hacia él como
costumbre amorosa y yo le decía riéndome,¡allí se orinó Cotufa!......... Una
enemistad que podía ocurrir.
Los otros días, quería
que estuviera acompañándome a realizar los quehaceres de la casa y con un
tongoneo gracioso se iba a mi cuarto, en la oscuridad. Y yo decía ¿para eso lo
compré?, para que se ocultara.
Me recordó a un
pequines, que tuve cuando yo estaba estudiando en la universidad. A pesar de
los sentimientos encontrados, ya que se entablaba una disputa cuando iba a
bañarlo. El me mordía y yo lo golpeaba y así sucesivamente. Mi mamá tomó la
tarea porque me decía- muchacha te vas a quedar sin dedos y matarás al perro.
Ella implemento unos guantes, anti-Yimber. El me amaba y me odiaba, extraño
sentimiento. Yo llegaba de estudiar y me lanzaba en la cama. a dormir la
siesta. El se acostaba en mis zapatos. A las 4 de la tarde comenzaba a jalar de
mis sábanas, y yo –no Yimber ¡déjame dormir un poquito más!.
Recuerdo una
vez, que le dí comer y me puse a revisar mis cuadernos. No vi lo que hacía mi
abuela. Luego, ella también le había dado de comer. Salí de mi cuarto y lo vi.
Toda una bolita peluda, con ojos y rabo. Yo no lo podía creer, un lado de su
barriguita tenía que esperar para verse la otra, en cada movimiento. Y fatal al
subir, las escaleras. Minutos y minutos para poder subir otro escalón.
Realmente, fue único en mi vida.
Posteriormente, vino
Ringo –le puse ese nombre para que tuviera una suerte espléndida- ya llegó
viejo, muy lindo su pelaje, su compañía y sus gestos. Pero descuidado, mal
alimentado. No pude hacer mucho por él, lo llevé al veterinario dos veces y él
me señaló que no se podía salvar. Y ya no está con nosotros.
Ahora, tengo a Cotufa que le
encanta los huesos de carne. Mi mamá le trae varios, cuando hace sopa y los
devora……..Su olor es persistente, cuando se acerca a mí. Pero su compañía, está
allí, cariñosa, peluda, melosa. A veces, me levanto al escribir, y lo vuelvo
todo un hobillo, lo muevo de un lado a otro. Es mi compañero permanente, como
diría un poeta venezolano-español “tengo el alma tachonada de pelusa”. Amo a
los perros y siempre los amaré.
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