Un día después de tantos años, la vi ante mi espejo. La
observé blanca, delgada y de ojos penetrantes. Forcé más mi vista para
traspasar lo físico e ir más allá. Mi espejo me lo permitió sin espera, en
verdad, contaba con él a través de su cristalina presencia pude ver a la niña
que yacía frente a mí.
Su apariencia anterior, me había
engañado realmente. Hurgué sus celosos sentimientos que nadie conocía, me
detuve frente a ellos. Vi sus ganas inmensas de vivir y ser feliz. Contemplé
las pequeñas heridas que un infante dejó.
En aquel momento, quise
decirte que yo sabía como dolían, pero preferí seguir mirando. Lo que contemplé
ya lo intuía pero verlo con mis ojos fue mejor. Observé estados de ánimo que
variaban a lo cordial a la ira.
Iracunda se transformaba
ante mi vista ¿pero era ella, en realidad? Pensé luego que sí, pero
estaba desafiando a la existencia. Me comparé con ella y encontré, que algo más
que el parentesco nos unía. Eran muchas cosas, tantas.
Seguí mirando sus miedos,
sus fantasmas y temores que la hacían paralizar y no le permitían saber lo que
valía moral intelectualmente.
Quise una vez más agitarla,
despertarla del feo sueño. Me llamaba la sangre y las ganas de no verla sufrir
más. Pero me detuve, pensé que en aquel instante no me oiría y si lo hacía
pensaría que era un simple sueño. Además quien era yo, si me parecía tanto a
ella, con tantas luchas interiores.
Analicé hacerlo poco a poco,
tomarla de la mano y correr sobre las finísimas arenas de la playa. Sacarla de
su congoja, era para mí algo más que un reto. Parpadeé momentáneamente y mi
hermoso espejo me dejó ver de nuevo a la muchacha menuda y bonita que quiero.
La sentí más amiga y hermana que en años anteriores, cuando cada una tenía un
mundo propio.
Mi espejo fue un instrumento
indispensable para ver lo que callaba esa niña delgadita que ahora comprendo
mucho más, pero que para mí todavía es una incógnita abierta

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